domingo, 11 de junio de 2017

El corazón de la montaña

¿Blanco o negro? ¿Star Wars o Star Trek? ¿Agua o cerveza doble malta? La vida está llena de decisiones difíciles. Es complicado elegir entre dos cosas que nos gustan mucho, pero no hay por qué elegir, podemos disfrutar de ambas.

¿Mar o montaña?

Hoy os quiero hablar de la montaña. Soy un privilegiado, sí, como lo leéis. Los dos "campamentos base" en los que discurre mi vida tienen un denominador común: tengo vistas a la montaña.
Hay estudios que demuestran (no esperéis que los cuelgue aquí, porque no guarde los enlaces hehehe) que cuando se somete una persona a la contemplación de la naturaleza o mejor aún, se le sumerge en actividad en ella, mejora el rendimiento del cerebro.

Pero no quiero hablar del efecto positivo que producen en nosotros, los humanoides, que somos una raza inferior y destructiva, no. Quiero dedicarles esta publicación a ellas, a las montañas.

Siempre nos reciben con los brazos abiertos y una sonrisa. No les importa que les pasemos por encima, ya que todo el mundo sabe, que un senderista de pies gráciles les hace cosquillas.
Pasamos corriendo, en bicicleta...y los hay que les hacen cicatrices a montados en vehículos a motor.
Otros, se empeñan en treparlos como las hormigas hacen con nosotros, provocando esos picores que ponen los pelos de punta.

Nunca he escuchado a una montaña quejarse ni negarle la entrada a nadie. Son muy agradecidas y bondadosas. Aún y así, hay quien se empeña en ensuciarlas y maltratarlas de muchas maneras: les cortan el manto que las protege y da carácter (y a nosotros nos divierte correr entre su vello arbóreo) y en el peor de los casos, las dinamitan o queman, para lucrarse con su extensión.

Debería ser cosa de todos protegerlas, ya que son como un niño de sonrisa inocente y mirada juguetona, no quieren hacer daño a nadie y les encanta que jueguen con ellas.
No cuesta nada no dejar nuestra suciedad sobre ellas, es fácil cargar de vuelta con lo que llevamos, incluso vacío pesa menos. No maltratar su fauna ni su flora, es más, la comparten con nosotros, son así de altruistas.

La montaña enseña. Nos da espacio para pensar, divertirnos, reír, llorar, gritar a los cielos en solitario o compañía. Es una amiga (que cada uno le atribuya el sexo que quiera) silenciosa, que sabe escuchar.

Habrá quien crea que las montañas son simplemente roca, sin personalidad ni corazón.
Yo creo que sí lo tienen, y que poco a poco, con el paso de los siglos, el ser humano ha perdido la capacidad de escuchar sus latidos.
Tengo la sensación que sus latidos, cada día que pasa, son más lentos y débiles. Pero yo seguiré yendo a hacerles cosquillas y susurrarles al oído palabras bonitas, que sepan que hay gente que las cuidaremos siempre.
Gracias por enseñarme tanto :)

Solo hay que saber mirar para verlo ^_^

Otro día os hablaré del mar. Una vez una gran persona, muy sabia, me dijo que quienes nacemos cerca del mar, ya siempre estamos unido a él...qué razón tienes.

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