domingo, 30 de abril de 2017

La soledad en el sillín

Te pesan los párpados, pero no te impide abrir los ojos por la mañana, te levantas y desperezas como buenamente puedes. Te diriges a la cocina, coges unas tostadas a las que le untas algo de mermelada. Con suerte atraparás una madalena solitaria por algún armario. El agua para el café ya se está calentando al fuego. Si hace frío aprovechas para arrimar las manos al fogón, dicen que la sensación de calor nos transporta a la seguridad que proporcionaban las lumbres a nuestros antepasados.
Mientras tanto, el sueño se va disipando y la cabeza empieza a funcionar pensando que recorrido vas a hacer. Que más da...al fin y al cabo, lo importante es pedalear, no?
Desayunas, te vistes (unas veces te pones el atuendo más deportivo, otras prefieres ir más acorde con un paseo que no sabes a donde te llevará) y coges la bici para marchar. Eso sí, nunca dejas atrás el casco, lo único que necesitas en ese momento que ronde tu cabeza.

Es sabido que el ser humano es un animal social per se, pero a muchos nos gusta esos días en los que la única compañía es el sillín. 

Perdido en los caminos   Foto: Noé Laguna

A lo mejor es un día de esos en los que quieres dejar atrás a todos tus demonios, engranas el plato grande y te dejas las piernas ahí, pero llega ese momento en el que a pesar del sudor cayendo a chorro en los ojos y el escozor, la sonrisa de la cara no te la quita nadie. Hasta te sorprendes cantando o silbando tus canciones favoritas, pero es tu oficina y tú mandas en ella.

O querrás subir y subir puertos, y después de pasar frío en la bajada poder pararte en cualquier rinconcito en el que pega el sol. Calentarte los huesos, la piel y el alma ahí. Ese momento perfecto que nadie más puede entender, salvo tú, claro está.

Kilómetros de ruta infinitos, llegando a sitios que quieres explorar. El hambre aprieta y paras a comerte unas nueces. Muchos pensarán que son unos simples frutos secos, pero para los que disfrutamos esos instantes, es un auténtico manjar de dioses.

Oler el bosque, escuchar a las aves, el viento entre las rocas. Pararte en lo alto de una montaña para contemplar el valle, sin relojes, sin prisas, sin interrupciones.

Días tontos en los que sales de cualquier manera, con un chubasquero. Y recorres caminos y secundarias sin rumbo fijo. Tu cabeza piensa en sus cosas, como un bálsamo al tedioso día a día...y la lluvia cae, pero no te importa. Otro momento perfecto que nadie más puede entender...

...o sí, porque lobos solitarios hay en todas partes. Pero ya se sabe: sé como el lobo, fuerte en la soledad y solidario con la manada.